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J.C. Ryle

J.C. Ryle

J.C. Ryle (1816 - 1900)

J.C. Ryle was a prolific writer, vigorous preacher, faithful pastor, husband of three wives, [widowed three times: Matilda died in 1847, Jessie died in 1860, Henrietta died in 1889] and the father to five children [1 with Matilta and 4 with Jessie]. He was thoroughly evangelical in his doctrine and uncompromising in his Biblical principles. In 1880, after 38 years in Pastoral ministry in rural England, at age 64, he became the first Anglican bishop of Liverpool. He retired in 1900 at age 83 and died later the same year at the age of 84.

“He [J.C. Ryle] was great through the abounding grace of God. He was great in stature; great in mental power; great in spirituality; great as a preacher and expositor of God’s most holy Word; great in hospitality; great as a writer of Gospel tracts; great as a Bishop of the Reformed Evangelical Protestant Church in England, of which he was a noble defender; great as first Bishop of Liverpool. I am bold to say, that perhaps few men in the nineteenth century did as much for God, for truth, and for righteousness, among the English speaking race, and in the world, as our late Bishop.” - Rev. Richard Hobson, three days after Ryle’s burial in 1900.


John Charles Ryle was the first Anglican bishop of Liverpool. Ryle was a strong supporter of the evangelical school and a critic of Ritualism. Among his longer works are Christian Leaders of the Eighteenth Century (1869), Expository Thoughts on the Gospels (7 vols, 1856-69), Principles for Churchmen (1884).

Thoroughly evangelical in his doctrine and uncompromising in his principles, J.C. Ryle was a prolific writer, vigorous preacher, and faithful pastor.

In his diocese, he exercised a vigorous and straightforward preaching ministry, and was a faithful pastor to his clergy, exercising particular care over ordination retreats. He formed a clergy pension fund for his diocese and built over forty churches. Despite criticism, he put raising clergy salaries ahead of building a cathedral for his new diocese.

Ryle combined his commanding presence and vigorous advocacy of his principles with graciousness and warmth in his personal relations. Vast numbers of working men and women attended his special preaching meetings, and many became Christians.

      John Charles Ryle was born at Macclesfield and was educated at Eton and at Christ Church, Oxford. He was a fine athlete who rowed and played Cricket for Oxford, where he took a first class degree in Greats and was offered a college fellowship (teaching position) which he declined. The son of a wealthy banker, he was destined for a career in politics before answering a call to ordained ministry.

      He was spiritually awakened in 1838 while hearing Ephesians 2 read in church. He was ordained by Bishop Sumner at Winchester in 1842. After holding a curacy at Exbury in Hampshire, he became rector of St Thomas's, Winchester (1843), rector of Helmingham, Suffolk (1844), vicar of Stradbroke (1861), honorary canon of Norwich (1872), and dean of Salisbury (1880). In 1880, at age 64, he became the first bishop of Liverpool, at the recommendation of Prime Minister Benjamin Disraeli. He retired in 1900 at age 83 and died later the same year.

      Ryle was a strong supporter of the evangelical school and a critic of Ritualism. Among his longer works are Christian Leaders of the Eighteenth Century (1869), Expository Thoughts on the Gospels (7 vols, 1856-69) and Principles for Churchmen (1884).

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Un alma salvada tiene muchas aflicciones. Tiene un cuerpo como el de los demás seres humanos, débiles y frágiles. Tiene un corazón como los demás hombres y, muchas veces, su corazón es más sensible. Tiene sufrimientos y pérdidas como los demás y, con frecuencia, experimenta más pruebas que ellos. Tiene su cuota de duelos, muertes, decepciones y cruces. El alma salvada también tiene la oposición del mundo, un lugar en la vida que debe llenar en integridad, tiene familiares no convertidos con los que tiene que tratar con paciencia, persecuciones que soportar y una muerte que enfrentar. ¿Y quién es suficiente para estas cosas? ¿Qué es lo que capacita al creyente para encarar todo esto? Nada más que “la consolación que hay en Cristo” (Fil. 2: 1). En
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La santidad verdadera no consiste meramente en creer y sentir, sino en hacer y sobrellevar. Nuestra boca, nuestro humor, nuestras pasiones e inclinaciones naturales, nuestra conducta como progenitores e hijos, patrones y siervos, esposos y esposas, gobernantes y gobernados; cómo nos vestimos, cómo empleamos nuestro tiempo, cómo nos comportamos en los negocios, nuestro comportamiento en la enfermedad y en buena salud, en riquezas y en pobreza, todos estos, son temas tratados cabalmente por escritores inspirados.
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Exhorto a cada lector de este escrito a preguntarse con frecuencia lo que la Biblia es para él. ¿Es un libro en el que ha encontrado nada más que buenos preceptos morales y buenos consejos? ¿O es una Biblia en la que usted ha encontrado a Cristo? ¿Es una Biblia en la que “Cristo es el todo?”. Si no, se lo digo claramente: Hasta ahora, usted ha usado su Biblia con un propósito muy limitado. Es como un hombre que estudia el sistema solar y deja de lado un análisis de lo que es el sol que, al final de cuentas, es el centro de todo. ¡No es de extrañar si su Biblia le resulta aburrida!
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Conocer la perfección inconmensurable de Dios y nuestra inmensa imperfección, ver nuestras propias faltas e inconmensurable corrupción, es el A-B-C de una fe salvadora.
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Una religión sin Cristo no salvará su alma.
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Existe entre muchos creyentes una ignorancia pasmosa de las Escrituras y, consecuentemente, existe también la necesidad de una fe bien fundamentada, bíblicamente y sólida. No tengo otra manera de explicar la facilidad con que la gente, como si fueran niños, “son llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Ef. 4:14). Existe un amor ateniense por las cosas novedosas y una aversión mórbida por cualquier cosa del pasado y regular, y por el sendero transitado por nuestros mayores. Miles de personas se congregan para escuchar una voz nueva y una doctrina nueva, sin considerar ni por un momento, si lo que están oyendo es cierto. Hay ansias incesantes de escuchar cualquier enseñanza sensacional y emocionante que apele a los sentimientos. Hay un apetito enfermizo por un cristianismo espasmódico e histérico. La vida religiosa de muchos es como beber una pequeña copita espiritual y “el espíritu afable y apacible” que recomienda San Pedro es totalmente olvidado (1 Pe. 3:4). Las multitudes, los llantos, los sitios calurosos, los cantos rimbombantes y una incesante apelación a las emociones, es lo único que a muchos les interesa. La incapacidad para distinguir las diferencias doctrinales cunde por doquier y, mientras el predicador sea “hábil” y “fervoroso”, cientos de oyentes parecen creer que tiene que estar predicando la verdad ¡y lo llaman a uno terriblemente “intolerante y duro”, si sugiere que no predica la verdad! Moody y Hawis, Dean Stanley y Canon Liddon, Mackonochie y Persall Smith les dan lo mismo a tales personas. Todo esto es triste, muy triste. Pero si, además de esto, los que sinceramente abogan por más santidad, caen por el camino o tienen diferencias entre sí, será más triste todavía. Entonces sí que estaremos peor. La
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La señal de la sangre de Cristo es el único distintivo que puede salvarnos de la destrucción. Cuando los ángeles del cielo estén separando las ovejas de los cabritos en el día final, si no estamos marcados con la sangre de la expiación, más nos vale nunca haber nacido.
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La gente nunca se propondrá decididamente ir en dirección al cielo y a vivir como peregrinos hasta que sientan que realmente corren peligro de ir al infierno.
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Los ricos se decepcionan de sus bienes. Los sabios se decepcionan de sus libros. Los cónyuges se decepcionan de sus parejas. Los padres se decepcionan de sus hijos. Los estadistas se decepcionan, a pesar de que conquistan posición y poder después de mucho luchar. Al final de cuentas, descubren que tienen más problemas que placer. ¿Y qué produce la decepción, sino enojo, intranquilidad incesante, preocupación, vanidad y aflicción de espíritu? En cambio, para la gloria de Dios, nadie jamás ha sido decepcionado estando en Cristo. (d)
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Tengo el privilegio de ser uno de los embajadores de Cristo. En su nombre puedo ofrecer vida eterna a cualquier hombre, mujer o niño que esté dispuesto a aceptarla. En su nombre ofrezco perdón, paz, gracia y gloria a cualquier hijo o hija de Adán que lee estas líneas. Pero no me atrevería a ofrecer a nadie prosperidad en este mundo como parte del paquete del evangelio. No me atrevería a prometer mayores ingresos ni libertad del dolor. No me atrevería a ofrecerle al que toma su cruz y sigue a Cristo que, por seguirle, nunca tendrá que pasar por una tormenta.
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En tercer lugar, entendamos que “Cristo es el todo” de cada cristiano auténtico en la tierra.
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El tema de una consagración personal ha quedado relegado al olvido.
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Pero, al mismo tiempo, veo una prueba clara en las Escrituras, que es el sentir de la Santísima Trinidad, que Cristo sea exaltado prominente y distintivamente en lo que a la salvación de las almas se refiere.
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En realidad, Jesús es, de hecho, el Hermano que nos acompaña en la adversidad. Es un Amigo más unido que un hermano y sólo él puede consolarnos. Él es capaz de compadecerse de nuestras enfermedades porque él mismo “fue tentado en todo según nuestra semejanza” (He. 4:15). Él sabe lo que es el dolor porque fue varón de dolores, experimentado en quebrantos (Is. 53:3). Él sabe lo que es un cuerpo dolorido; cuando su cuerpo estaba atormentado por el dolor clamó: “He sido derramado como aguas, y todos
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La sana doctrina protestante y evangélica es inútil si no va acompañada de una vida santa.
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Good feelings and desires are useless if they are not accompanied by action.
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Aquellos que el Espíritu atrae a Jesús son los que el Espíritu ha convencido de pecado. Sin una convicción total de pecado, el hombre puede acudir a Jesús y seguirle por un tiempo, pero pronto se apartará y volverá al mundo.
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Peace, and not riches, had been the great legacy which He had left with the eleven the night before His crucifixion.
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me niego a decirle a ningún convertido que necesita una segunda conversión y que algún día dará un paso enorme a un estado de total consagración. Me niego a enseñarlo porque no veo en las Escrituras justificación alguna para hacerlo. Me niego a enseñarlo porque creo que la tendencia de la doctrina es totalmente maliciosa, que deprime al humilde de corazón y llena de orgullo al superficial, al ignorante y al presuntuoso, en un grado sumamente peligroso. 7.
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what miserable creatures great men are when they have no high principles within them and no faith in the reality of a God above them.
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